Dos circunstancias importantes concurrían en esta XXXV edición de la Torre del Cante, el festival por antonomasia que se celebra en verano en la provincia. Una, que abandonaba por primera vez el recinto del campo de albero del Joaquín Blume, para pasar a la hierba artificial del Estadio de los Manantiales y dos, el cartel, excepto uno de sus componentes, Capullo de Jerez, que además venía con la vitola de ser el artista más conocido o cabeza del mismo, los demás eran auténticos primerizos en desarrollar su arte en este festival y la vox populi de los aficionados catalogaban el cartel como “flojito” para lo que habitualmente se desarrolla en cante por estos pagos.
La primera circunstancia fue a mejor. El trabajo de la Concejalía de Cultura y de la de Servicios Operativos, brilló. El césped artificial se recubrió de una superficie ignífuga y protectora que permitía no solo fumar a los asistentes, sino que no le afectaran las bebidas derramadas, las pisadas y el pataleo de una concentración humana. La colocación de vallas, la entrada al recinto, el orden y los aparcamientos –buen trabajo de la Policía Local- los diferentes servicios de los voluntarios de Protección Civil de emergencia y ayuda, la colocación del escenario, la disposición de camerinos dentro de las dependencias de las tribunas y la acústica en general, todo perfecto, esto hizo que el lugar resultara más agradable que en el antiguo recinto de Joaquín Blume, demasiado incómodo y poco acondicionado y por ello el festival salió ganando con el cambio.
En cuanto a la segunda circunstancia, el cartel, resultó como se esperaba, la asistencia de público más floja que en ediciones anteriores, ya que se echaba en falta un artista con tirón popular que animara a los remisos o menos flamencólogos a acudir a la convocatoria.
Por ello sobró sitio y más de un millar de personas llenaban el aforo.
Dio comienzo con cierto retraso el evento, la hora de finalización del partido de la selección española en la Eurocopa, aconsejaba empezar algo más tarde y abrió el fuego, Rocío Márquez la ganadora del XXVIII concurso de cante flamenco Mirando a la Torre. Bien la onubense, algo nerviosa ante la responsabilidad de ser la primera y frío el ambiente, mientras el público toma posiciones y se va calentando al ritmo de los diferentes palos del cante.
Otra mujer siguió la huella casi sin pausa de tiempo, Virginia Gámez, malagueña, profesora de cante, con academia propia y acompañada a la guitarra de un joven artista Curro de María. Empezó por alegrías, tal vez intentando alegrar el ambiente algo gélido, fandangos y otros cantes, incluso un tema dedicado a Lola Flores. Potente voz y ortodoxa en sus formas, aunque a decir de los entendidos, sin demasiados matices y mezclando diferentes palos flamencos que tampoco levantaron demasiado interés en el personal. La guitarra espectacular en los rasgueos pero algo brusca en la interpretación.
Manuel Moreno ‘El Pele’ fue el tercero en subir al escenario y el clásico cantaor cordobés no defraudó a sus incondicionales. Serio, modulado y flamenco, se abrió por cantes comprometidos y difíciles, e interpretó una soleá que fue muy del agrado del respetable. Acompañado de la guitarra de un intérprete laureado como Manuel Silveria, tuvo momentos buenos y otros más aburridos para los que no son aficionados puros, eso, unido a una carraspera que le hacía tomar agua con frecuencia no levantó demasiado los ánimos, aunque fue bastante aplaudido.
Con Fernando el de la Morena, ya fue otro cantar. Jerezano e integrante de dicha escuela, se caracterizó por su constante improvisación de textos y decires, fandangos, bulerías (como no podía ser de otra forma) y la alegre guitarra de Antonio Jero, arrancó los primeros movimientos de aprobación en un público que mayoritariamente estaba por la fiesta y no por la ortodoxia.
Cerró la primera parte María del Mar Moreno y el grupo de baile de la Peña ‘Torre del Cante, animaron al personal y fueron muy aplaudidos, y con ellos, los presentadores de siempre, Elvira Carreras y Gonzalo Rojo, dieron señal de que había terminado la primera parte y mandaron el mensaje al público de que se pasase por el ambigú y el bar a refrescar el gaznate y ponerse a tono para lo que venía después, la fiesta.
Sobre las dos y media de la noche dio comienzo esta segunda parte, que no tuvo nada que ver con la primera. Al comienzo de la misma la presidenta de la Peña Torre del Cante, María Donaire, quiso distinguir a dos personas que han trabajado arduamente por el festival y por la Peña. Se trataba de Antonio Sánchez Montero, un conocido empresario de la construcción que lleva muchísimos años trabajando dura y tenazmente, e incluso ha sido presidente de la misma en varias ocasiones y al alcalde Joaquín Villanova a quien agradeció el apoyo, principalmente económico y logístico para celebrar año tras año el festival y la apuesta municipal porque este evento no se pierda. Les impuso a ambos el escudo de oro de la Peña Torre del Cante entre el aplauso del numeroso público que se mantenía aún en el recinto, porque la fiesta estaba por llegar.
Llegó La Cañeta y la lió. La cantaora perchelera no había aún pisado el escenario de la Torre del Cante en sus treinta y cuatro anteriores ediciones y este reproche lo soltó tal cual sobre el escenario, con ironía, agradeciendo la invitación de este año, que según ella, la coge ya algo mayor, pero mejor así, ya que según dijo, si se retrasa algo más habría tenido que venir con bastón.
Tal vez por eso quiso agradar y a pesar de tener una edad que no ya da de sí para mucho esfuerzo físico, se vació sobre el escenario, cantando, bailando con gracia y ocurrencia, improvisando textos y músicas, mezclando el cante con la copla y hasta con Los Panchos del “Si tú me dices ven” y con Alejandro Sanz y su “Corazón partío”. Una mezcolanza de ideas, de bailes, de cante, de músicas, de letras, en un fin de fiesta que volvió loco al personal que llevaba toda la noche esperando dar palmas y alegría y que levantó a los asistentes de sus asientos coreando y aplaudiendo a la cantaora, que incluso tuvo el detalle, de recordar a un alhaurino ilustre como Manzanita. Este encandilamiento popular, fuera de toda norma clásica agradó a la mayoría, pero por el contrario disgustó a los puristas alguno de los cuales exclamó, “treinta y cinco años sin venir y después de esto tendría que estar otros treinta y cinco”. Porque finalizando su actuación se produjo un hecho, que sería difícil de calificar.
La Cañeta, iba acompañada de Chaparro de Málaga a la guitarra, dos palmeros y su marido, José Salazar, también a las palmas. Salazar parece ser que también cantaor, siempre la acompaña y daba la impresión desde la platea que “vestía de grana y oro”, es decir que estaba con una “euforia incontenida” que le hizo también arrancarse a cantar (hasta sin micrófono) e incluso bailar sobre el escenario. Su actuación levantó la sonrisa, la risa abierta e incluso la carcajada cuando su mujer, que le jaleaba en plena bulería, le pidió que hiciera también “el crusaíto” y “el robocop” para acompañar sus movimientos sobre el tablao. En fin, un espectáculo incalificable para algunos, que alegaban que es impropio que en un festival serio se den estas circunstancias que no le benefician en nada. Pero que el público en general se lo pasó en grande con el espectáculo de ambos cónyuges, mano a mano, alegrando las pajarillas del respetable, que no sabía si se trataba un festival flamenco o del fin de fiesta de una de esas típicas reuniones privadas en que al amanecer el estado de los asistentes es tal, que si les hacen pasar el test de alcoholemia les quitan el carnet, los puntos, el coche, las llaves y hasta el seguro. En definitiva un espectáculo que dará que hablar en los corrillos en los próximos días.
Antes de Capullo de Jerez que cerraba el acto, para ayudar a digerir el lío que montó ‘La Cañeta’, actuó Marina Heredia, que fue todo lo contrario. Seria, entonada, con una magnífica voz, muy personal en el timbre, quebrado y diáfano que volvió a los cánones clásicos del flamenco que tanto gusta a los puristas. Tras el sabor de boca que dejó La Cañeta alegre y festero, Marina no llegó, le faltó ese duende que a veces aunque lo hagas bien no termina de acudir para transmitir sensaciones y pasó algo inadvertida a un público cada vez más reducido por la tardanza de la hora y por el cansancio acumulado. El guitarrista que la acompañó, Luis Marino, sobrio y entonado, lúcido en el toque y sin efectismos, sonaba de maravilla, claro y transparente. Marina que se presentaba como “la voz del agua” gustó mucho, sin aspavientos, pero si con rotundidad. Se arrancó por alegrías, malagueñas, bulerías y fandangos al estilo granaíno, de donde ella es, y dio paso al considerado cabeza cartel. Capullo de Jerez que también montó el lío para finalizar.
Cerca ya de las cinco de la madrugada, hizo su entrada en el escenario Miguel Flores, Capullo de Jerez acompañado a la guitarra por Manuel ‘Niño Jero’, dos palmeros y la percusión de la caja. Tras un arranque por fandangos muy personales, fue calentando el ambiente, que la verdad, poco hacía falta para que estallara, pues, por la hora, el público que mayoritariamente se había quedado a escucharlo lo integraba sus incondicionales, y una parte del respetable que sabe que Capullo siempre da la nota y su cante es personalísimo, no solo por como lo interpreta, por su fuerza y su toque jerezano, sino también por esos gestos que realiza cuando se esfuerza en el escenario por llegar. Gestos que son inconfundibles en el cantaor de Jerez.
Tras el arranque y viendo al público con ganas de fiesta, Capullo se lanzó a lo que mejor sabe, la bulería y fue el delirio. Unas decenas de seguidores, principalmente gente joven y algo cargada, se arremolinaron frente al escenario coreando sus temas y ofreciendo un espectáculo más parecido a un concierto de AC/DC, que a un festival flamenco. Capullo recogió el guante y se desmelenó, con fuerza integró el coro que desde la platea le jaleaba y el público bailó, se desgañitó, aplaudió y se divirtió como nunca. Un autentico fin de fiesta casi a punto de salir el sol, que para los que tuvimos el aguante de escuchar tantas horas de flamenco nos dejó un agradable sabor de boca, porque si bien es cierto, que aquello no parecía un festival, también es verdad que los que se quedaron hasta tan tarde es porque eso es lo que les gusta y la principal misión de un artista en entregarse a su público y darle lo que ellos requieren. Así que chapeau por Capullo.
En definitiva, una XXXV edición de la Torre del Cante que levantará polémica y que seguramente traerá sorpresas para el próximo año, pero eso es precisamente el valor de este evento, que siempre ha sido puntero e innovador y por ello la próxima edición seguro que sorprende.