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Troilo: El bandoneón eterno - Noticia - - Baile Retro - Especiales
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Troilo: El bandoneón eterno
03-07-2007 05:11:00

Cuenta la historia que fue el 1 de julio de 1937 cuando Aníbal Pichuco Troilo debutó con orquesta propia en el cabaret Marabú.  Para celebrar los 70 años de ese acontecimiento, La Academia Nacional del Tango celebra el acontencimiento con charlas del poeta Horacio Ferrer; se proyectarán fragmentos de las películas Los Tres Berretines y Muchachos de la Ciudad y el bandoneón de Troilo será ejecutado por el maestro Raúl Garello, entre otras actividades.
Esa serie de viñetas en torno al aniversario servirán para recordar el momento en que el artista nacido el 11 de julio de 1914 (fecha que ha sido instaurada como el Día del Bandoneón) reunió a varios de los integrantes de la disuelta formación comandada por Ciriaco Ortiz. Compartió la línea de bandoneones con Juan Rodríguez y Roberto Yanitelli y junto a Reynaldo Nichele, José Stilman y Pedro Sapochnik en violines; Juan Fascio en contrabajo y Francisco Fiorentino en voz. "Pichuco" inauguró la que sería una etapa fundamental para la música argentina. De movida nomás, Troilo rompió el molde de la época dándole un rol protagónico a la voz de Fiorentino, el primero de una lista de cantantes en que también se contaron Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Angel Cárdenas, Elba Berón, Roberto Rufino, Nelly Vázquez, Tito Reyes y Roberto Achával. Al frente de diversas formaciones orquestales, el Gordo aportó su talento al tango y, además, le adosó composiciones geniales e imperecederas que compartió con grandes poetas de su tiempo. Junto a Homero Manzi compuso Barrio de Tango, Sur y Che, Bandoneón; con Enrique Cadícamo, Garúa; y en yunta con Cátulo Castillo,  Una Canción, María y La Ultima Curda, por citar sólo algunas obras.

LA CALLE ES EL MEJOR LUGAR

"La calle es el mejor lugar de todos. En la calle se aprende a vivir. Todo lo que aprendí, lo poco y extraño que aprendí, lo aprendí en la calle", dijo una vez Aníbal Troilo y la frase descifra parte de esa mítica bohemia que rodeó la vida del bandoneonista hasta su muerte el 18 de mayo de 1975.

Pero el recuerdo de "Pichuco", que sobrevive en su obra y en el mito de su fueye, se mantiene intacto. El libro de Gustavo Nahmías, editado por Norma, que acaba de aparecer en coincidencia con el aniversario, reinterpreta su vida en una biografía novelada, donde la ficción y el documento histórico se cruzan todo el tiempo.

Nahmías recupera la atmósfera y las sensaciones del músico a partir de la ficción, y desde ese punto de vista recrea el pensamiento, las acciones y hasta las declaraciones del compositor de clásicos fundamentales del género ciudadano, que puede llegar a generar algún resquemor en sus seguidores. También hace un repaso por sus admirados maestros Bardi y Gobbi, que influenciaron decididamente su estilo orquestal, sobrevuela su incondicional amor por su mujer, Zita, y recrea los tiempos en que pasó de ser el bandoneonista de la primera orquesta de señoritas de Buenos Aires a integrar las primeras filas de las legendarias agrupaciones de Vadaro, Ciriaco Ortiz, Juan Carlos Cobián y Julio De Caro.

Desde su vida cotidiana, su lucha con el whisky, los caballos, la noche y el culto a la amistad y el barrio traza los rasgos de este porteño, nacido el 11 de julio de 1914, que desarrolló una carrera mítica que condensó en más de cuatrocientas grabaciones y dejó una obra clásica con temas como "Responso", "La trampera", "María", "Garúa", "Barrio de tango", "Sur", "Che, bandoneón", "Una canción", "La última curda", "Mi tango triste", "Toda mi vida" y "Pa´ que bailen los muchachos", entre otros.

El aniversario también dará la posibilidad de acercarse al misterio de su fueye. En estos días de recuerdo, Sadaic homenajeará al maestro Aníbal Troilo exhibiendo uno de los cuatro bandoneones utilizados por "Pichuco" durante sus conciertos. El bandoneón fue donado por el maestro Raúl Garello al Museo Mundial del Tango y se podrá visitar del 16 al 20 de mayo en el hall central de Sadaic, Lavalle 1547, de 10 a 15. Una forma de acercarse a uno de los instrumentos con los que construyó esa sinfonía legendaria de Buenos Aires.


EL BANDONEÓN ETERNO
“Como no podía ser de otra manera, después de la rambla todos fueron a cenar al Club Peñarol, un restaurante alejado del centro donde Barquina había reservado una gran mesa.
El ingreso de Troilo arrancó aplausos, palmadas y apretones de manos, pero cuando un admirador lo comparó con el zorzal, Aníbal reaccionó:
–No, no se equivoque, Gardel era el tango. Era Buenos Aires, la noche, el día, la copa.
Los mozos comenzaron a traer botellas de vino tinto, y llenaron los vasos para el tradicional brindis. Uno de los músicos preguntó:
–Y, ¿qué le pareció, Aníbal?
Pichuco se estiró el saco hacia abajo con ambas manos, giró el cuerpo con un pequeño movimiento, e inclinándose hacia adelante, como si hablara a un micrófono imaginario, respondió:
–Hoy se escuchó tango, muchachos, y eso no pasa todas las noches.
Todos levantaron sus copas. Aníbal se dirigió a los músicos:
–Gracias. Gracias, muchachos, por tanta nobleza. A ustedes –dijo mirando a Marino y Ruiz– por las palabras que dejaron flotando en el aire. A los jóvenes –mirando a la Beba y a Cardozo–, por haberle puesto el cuerpo al tango, y a ustedes, qué puedo decir de ustedes –refiriéndose a Paquito, Zita y Baruqina–, gracias por quererme tanto.
–¡Salud! –repitieron todos y brindaron.
* Fragmento de Alma de bandoneón, biografía novelada de Aníbal Troilo, de Gustavo Nahmías

Símbolo de la porteñidad, por Jorge Göttling.
jgottling@clarin.com

Este auténtico símbolo porteño no necesitó mitología para penetrar para siempre en el mejor palacio de los recuerdos argentinos. Troilo, rostro de santón pecador, cara de Buda, bondad que le rompía los bolsillos y un talento inconmensurable para fabricar un tango a su medida murió hace 30 años. Nadie sabe si se lo extraña más por su bandoneón, por su orquesta o por su registro de formidable compositor. Hay, sí, un lugar común: dejó vacante para siempre su categoría de gran tipo, bohemio, generoso, contenedor, sabio en las raras frecuencias que suele dar la noche y el barrio.

Troilo fue un mago que sabía quemar la vela por las dos puntas. Como músico, a secas, tuvo tono, registro diáfano, sensibilidad y buen gusto. Marcó diferencia: lo mejor de los melancólicos años 40 se pueden percibir en su obra y en su orquesta.

Nada fue casual en su trayectoria musical ni en su peripecia personal. Por ello, resultaría hasta antojadizo privilegiar algún momento de Anibal Troilo. Detector de cantantes, oreja de diapasón, a cada uno de los elegidos le dio su signo y su sentido místico de la interpretación.

La cigüeña depositó lo que sería leyenda troileana en 1937. Precisamente Marabú se llamaba el mitológico cabaré en el que debuta con su primera formación orquestal. Es poco más que un adolescente. Marabú es el nombre de una cigüeña africana: Pichuco pondría el resto.

En su categoría de compositor, sus títulos solo necesitan la enunciación para ser ponderados. Tal fue la riqueza musical de su obra que, independientemente de la calidad de los versos, puede paladearse a secas, desprendida de la intención de cobertura tanguística para la que fue creada. Trabajó con los mejores poetas y de todos extrajo lo mejor. Su colaboración con Homero Manzi marca tres hitos: Sur, Barrio de tango y Che bandoneón. Con Cátulo Castillo —otra de sus almas gemelas— llegó al paroxismo con La última curda, pero también habían bordado La cantina, Una canción, María. Con Cadícamo hizo Garúa, Pa'que bailen los muchachos. Con Expósito, Te llaman malevo. En lo instrumental, dos jalones de antología: la milonga La trampera y el tango Responso, con el que despidió y homenajeó a Manzi.

Había nacido el 11 de julio de 1914 en Palermo, debutó con su fueye a los 14, con gesto de gorrión asustado, a pocas cuadras de su casa, en el Petit Colón de Córdoba y Laprida. Lo demás sobra: cosechó legiones de amigos, abrió paisajes silvestres para el tango, inventó timbres en su bandoneón que se fueron con él. Todavía se lo silba y eso es la prueba que está vivo, seguramente sonriendo y comprendiendo todo con su voz de raspador.


El bandoneón mayor de Buenos Aires
Por Karina Micheletto

Treinta años atrás, un 18 de mayo de 1975, moría en Buenos Aires Aníbal Troilo, aquel que ostentó el título de “el bandoneón mayor de Buenos Aires”. Dejó unas sesenta obras que lo unieron a poetas como Homero Manzi, Cátulo Castillo y Enrique Cadícamo. Entre ellas, muchas de las que todos tararearon alguna vez: María, Garúa, Barrio de tango, Sur, La última curda, Pa’ que bailen los muchachos, entre tantos clásicos del cancionero. Dejó un estilo con su nombre como director de orquesta y como bandoneonista. Y también dejó su imagen entrecerrando los ojos cada vez que colocaba el paño de terciopelo sobre las rodillas, tomaba el bandoneón, se inclinaba levemente hacia adelante y daba inicio al ritual. La figura de aquel gordo bueno, el músico único, el hombre de las mil anécdotas, aquel que quedó grabado con las dos alitas atrás, tal como aparece retratado por Hermenegildo Sábat en la tapa de la Suite Troileana con la que lo homenajeó Astor Piazzolla, agiganta hoy la potencia de su obra. Entre otras actividades celebratorias, Sadaic expondrá hasta el 29 de este mes en el hall central de la entidad (Lavalle 1547) uno de los cuatro bandoneones que Pichuco utilizó en sus conciertos, donado al Museo Mundial del Tango por Raúl Garello, a quien Zita, la mujer de Troilo, le regaló el instrumento. Y también se editó Alma de bandoneón, una biografía novelada en la que Gustavo Nahmías reconstruye la relación de Pichuco con el tango y el bandoneón, pero también con Zita, la noche, el fútbol, los amigos, el juego, la ciudad que amaba.
“En el cabaret Marabú, Troilo nos decía: ‘Toquemos piano porque están hablando muy fuerte’. Al hacerlo, la charla general comenzaba a aplacarse, hasta que ya nadie hablaba. Recién entonces empezábamos a tocar a pleno”, recordaba José Votti, violinista de la orquesta de Troilo entre el ’55 y el ’60, entrevistado para este diario por el periodista Julio Nudler. “Yo tocaba de pie, pegado a su mano derecha. Nunca le escuché fallar una nota. Tenía un touche de gran artista. Llegaba increíblemente a los ligados y a los pianísimos.” En aquella entrevista, el violinista también destacaba que el único arreglador que tuvo el privilegio de que Troilo no le haya alterado una sola nota fue Emilio Balcarce. Ocurrió cuando le llevó La Bordona, en 1958. “Emilio estaba emocionado, porque la goma de borrar de Troilo era implacable con todos. Incluso con Astor Piazzolla y Argentino Galván.”
Troilo nació el 11 de julio de 1914 en el Abasto, y a los 10 años logró que su madre le comprara ese instrumento que lo había fascinado sonando en los bares del barrio. A los 11 años ya estaba tocando en un escenario cercano al Mercado del Abasto. Poco después integró una orquesta de señoritas, y a los 14 años ya quiso formar su quinteto. En diciembre de 1930 dio un primer paso esencial: se integró al sexteto que conducían Osvaldo Pugliese y Elvino Vardaro, donde tuvo de ladero a Ciriaco Ortiz, una de sus influencias como bandoneonista.
En 1937 lanzó su orquesta en la boite Marabú, donde, además, conoció a Ida Calachi, Zita, la mujer que al año siguiente se convertiría en su esposa. Su agrupación fue una escuela al servicio de un sonido que fue evolucionando y al que aportaron, por citar sólo algunos, los pianistas Orlando Goñi, José Basso, Osvaldo Berlinghieri y José Colángelo y los bandoneonistas Astor Piazzolla y Ernesto Baffa. Otra gran virtud fueron los cantores que la orquesta supo conseguir: Roberto Goyeneche, Fiorentino, Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Roberto Rufino, Angel Cárdenas, Elba Berón, Tito Reyes y Nelly Vázquez, entre otros.
Alma de bandoneón, la biografía novelada de Gustavo Nahmías, está estructurada a la manera de un disco, dividida en Lado A y Lado B. Cada uno de los capítulos lleva el título de un tango grabado por Troilo en ese año, como hilo conductor de la cronología. El autor cuenta que a lo largo de la investigación que antecedió a la escritura del libro cayó en la cuenta de que la vida de Troilo era un gran anecdotario. “Troilo parece un personaje que vivió para forjar anécdotas. Hay algo que me pareció percibir y que traté de componer en la novela: que en ese cuerpo convivían el hombre y el músico. Estaba, por una parte, el hombre generoso, amigo de todos, caritativo con íntimos y extraños. Y por la otra, el hombre de la noche, el apasionado, con sus desbordes, sus excesos, aquel a quien Zita mandaba a comprar soda y aparecía de vuelta a los tres días”, explica Nahmías. “Ambos convivían en este personaje mítico. La idea de esta novela es que el artista termina por fagocitar al hombre”, concluye.

 
 
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