Esta semana el bailarín más destacado de los últimos tiempos cumplió 40 años y su despedida de los escenarios se acerca. Un libro escrito por la periodista Angeline Montoya refleja las complejidades humanas de este genio de la danza
Una reciente biografía de Julio Bocca, de la periodista Angeline Montoya, que no contó con el aval oficial ni con la desaprobación del bailarín, refleja tanto las complejidades humanas como el genio artístico del número diez de la danza clásica argentina.
Esta no es una biografía autorizada aunque yo la llamo una biografía tolerada porque Julio supo desde un primer momento lo que me proponía: yo quería hacer un trabajo independiente, no quería que él pudiera censurarlo, pero la idea tampoco era hacer nada escandaloso", contó Montoya.
Con más de 250 entrevistas realizadas en Estados Unidos, Rusia, Venezuela, Brasil, Cuba, España, Italia, Francia, Dinamarca y Argentina para recrear los momentos más importantes de la trayectoria de Bocca, Montoya destacó la colaboración brindada por la madre del bailarín: "Con ella corroboré datos y me dio muchas fotografías, algunas inéditas".
"Hay gente que tuvo malas experiencias con Julio que directamente no me quisieron hablar, o gente que no tenía confianza en lo que yo iba a hacer. Misha Baryshnikov no quiso atenderme. Y lamento no tener la version de todos los que nombro en la biografía", agregó.
La personalidad compleja de Julio, se va esbozando en el libro -publicado por Alfaguara- a través de un relato que comienza en los años de su niñez, cuando aparece su obsesión por la danza, más allá del impulso recibido de su propio entorno familiar.
"Creo que estaba muy marcado ese deseo de su abuelo de que fuera primer bailarín del Teatro Colón y él retomó ese mandato y lo hizo suyo", resaltó la periodista.
Desde el principio, "Bocca tuvo condiciones extraordinarias, pero aparte las trabajaba mucho, nunca era suficiente lo que tenía, él imaginaba ser primer bailarín del Colón porque en ese tiempo no estaba en el imaginario de los bailarines argentinos ir a bailar a otros países".
Cuando viajó a Caracas en 1982 invitado por el ballet de la Fundación Teresa Carreño, todavía no había cumplido los 15, "y Julio se dio cuenta que había un mundo fuera del Colón aunque seguía con la idea de convertirse en primer bailarín".
"El segundo viaje a Caracas representó para Julio el punto de partida de su carrera internacional, pero también uno de los episodios más confusos de su vida y el que más trabajo me costó reconstruir", precisó Montoya. Según la biógrafa, en ese viaje Julio saltó a la edad adulta "y aprendió a ignorar las críticas, rumores y chismes que su personalidad, su orientación sexual o incluso su talento superior pudieran provocar.
Entendió que sus soberbias facultades despertarían celos y resentimientos en todas partes y que tendría que pasarlos por alto". "’Yo estoy aquí y ellos se quedaron allá, acostumbraba decir a los envidiosos’ en esos días en los que se fijó dos metas: participar en el Concurso de Moscú y entrar en el American Ballet Theatre", señaló Montoya. "El aspiraba a alguna medalla porque sabía que tenía el nivel para lograrlo pero nunca se imaginó que ganaría la de oro.
A partir de junio de 1982 se convirtió en una revelación. Para Montoya, "Julio vivió lo que le pasa a las estrellas que se revelan de golpe, no sólo en el terreno del arte: de un día para otro se convirtió en un heroe y para manejar esto fue necesario un proceso largo. Se dio una paradoja porque siguió siendo un hombre simple, pero también se le subieron los humos".
"No era lo mismo su actitud en la Argentina que fuera del país. Acá lo veían como una estrella, en Nueva York era la estrella del American Ballet pero estaba rodeado de gente que lo trataba como un igual, que no lo ponía en un pedestal", opinó Montoya. El encuentro de Julio con el empresario Lino Patalano no fue una casualidad, afirmó la biógrafa, "Julio lo buscó porque desde chiquito quería ser popular. Decía que quería bailar en todos lados y buscó al que le iba a permitir concretar ese sueño".
Esta determinación que también le deparó muchas críticas al vulnerar los cánones acostumbrados de un bailarín clásico, fue conformando una personalidad artística que se plasmó a lo largo de la década del 90. "Hubo una época en la que Julio estaba susceptible con el tema del dinero, tenía miedo por el futuro y quería hacer muchas cosas, tener su propia compañía con bailarines argentinos y bailar lo más posible.
Y no cuidó su carrera, no se cuidó físicamente", subrayó Montoya. "Hubo críticos que no vieron con buenos ojos la conformación del Nuevo Ballet Argentino, una opinión atendible en tanto su desarrollo personal fue interferido con otras cuestiones: una cosa era verlo con el Ballet Argentino y otra con el American Ballet. Cuando el crítico norteamericano Clive Barnes, del The New York Post, vio el Ballet Argentino por primera vez "no entendía porque Julio hacia esto, le parecía una pérdida de tiempo.
Pero más tarde en la Argentina Barnes dijo entender mejor "la voluntad de Bocca de impulsar la danza en su propio país". "Para la danza con D mayuscula -reflexioàa Montoya- puede ser que Julio se haya quedado corto en el desarrollo de su carrera y su enorme potencial. Pero bueno, es su elección, su carrera, su vida y nadie le puede criticar eso".